14 octubre 2019

Magnet [Capítulo 21] Versión sin censura


Había estado con la cabeza baja desde que me acerqué a ustedes. Querían notificarme que habían aceptado darme la beca apenas entrara en la preparatoria, pero sentía mucha pena de mirarte a los ojos después de que hubieras visto lo que pasó con Hans, aun cuando no hacíamos nada malo.

—Como consejo amistoso —prosiguió Adriana. Yo levanté la cabeza un poco para mirarla. Noté en sus ojos un brillo extraño, me provocó un escalofrío—. Cuida tu imagen —dijo, después vi que su mirada se dirigió hacia Hans, quien se había mantenido al margen de nosotros.

Mi vista periférica percibió que rodaste los ojos, todavía con los brazos cruzados y claramente molesto, pero mi atención se centró tanto en Adriana que, si hubieras dicho alguna cosa, no la habría escuchado. Empuñé las manos ante su comentario. Estaba harto de ella, de sus insinuaciones, de su maldita forma sutil de atacar y esconderse tras una máscara de dulzura, que no pude soportarlo más.

—Y usted cuide su lengua —dije. No me importó la beca ni tampoco si ella iba de chismosa con papá, no iba a dejarlo así.

Christian abrió la boca, pero antes de que pudiera emitir alguna palabra, un grito se abrió paso entre nosotros. Me quedé congelado en mi lugar al ver a Brenda. Tenía la ropa rasgada y más de un golpe en el cuerpo que chorreaba sangre. Por un segundo fue como verme al espejo después de lo que Juan me hizo, con marcas moradas y rojizas donde estuvieron sus puños y pies estrellándose contra la piel. Poco más tardé descubrí que lo que ella vivió, fue mil veces peor. Más íntimo y violento.

Había sido manchada de la peor manera posible, el recuerdo de esa horrible tarde se convertiría es una serpiente que se arrastraría tras ella hasta su muerte, y la mordería de vez en cuando para inyectarle veneno. Un sonido húmedo atravesó por mis oídos y sentí que el corazón me dolía.

—¡Ayúdenme! —gritó Brenda con voz temblorosa y tan agitada que apenas fue entendible—. ¡Tienen a Francis!

En una fracción de segundo Hans se levantó de las escaleras y corrió en dirección de Brenda, y aunque seguía metido en un profundo shock que me hacía percibir todo de forma ahumada, salí tras ella. Nadie más nos siguió. Nadie…

Llegamos a un parque abandonado ubicado a varias calles de la escuela de música, estaba desierto y lucía descuidado, con un mini auditorio del lado izquierdo. Brenda dijo que ahí las habían agredido, no explicó qué hacían las dos en ese parque; ni Hans ni yo quisimos preguntar porque eso no cambiaba nada, lo único importante era que Francis seguía ahí atrapada.

Me temblaron las piernas al ver la oscuridad frente a mí. Era como meterme al infierno, de donde jamás podría salir. Oí gritos salir de mi cabeza, la voz de Francis mezclándose con la mía. No quería entrar, tenía miedo de hacerlo y encontrar lo que, desde el fondo de mi corazón, sabía que encontraría. Temí encontrarnos con una Francis desnuda o con la ropa rasgada, y a un sujeto montado sobre ella desgarrándola en lo más profundo.

La apariencia de Brenda hizo que mi imaginación, dominada por el miedo y la ansiedad, empezara a visualizar escenarios uno cada vez más horrible que el otro. Imaginé a Francis tendida en el suelo con la cabeza cubierta de sangre y su esencia escapándose por sus ojos mientras, débil e indefensa, no le quedaba más que sentir que la sumergen en un abismo infinito de dolor. Me cuestioné cómo actuaríamos si, al llegar a donde Francis se encontraba, nos topábamos con uno o varios agresores. ¿Y si estaba armados? ¿Cómo la defenderíamos?

Estaba al borde del colapso. Fue entonces cuando volví a sentir la manos de Hans tomar la mía. Me miró con seguridad y me dio la fuerza suficiente para atreverme a entrar. Él me hizo sentir protegido.

Lo que encontramos frente a nosotros al entrar fue mucho peor que los escenarios que planteé en mi cabeza. Aun ahora recordarlo me provoca un escalofrío en la columna y unas intensas ganas de llorar. En este momento lo estoy haciendo, no puedo contenerlo por más que intente dejarlo atrás. Incluso a veces vuelve a mi memoria aunque no esté pensando en ella.

Adentro del auditorio, hacia el centro, estaba Francis. Yacía boca arriba desnuda de la cintura para abajo, y la blusa estaba tan rasgada que dejaba ver sus pechos al descubierto. Su ropa interior hecha añicos reposaba sobre el piso a varios metros de distancia, la habían lanzado en un claro ataque de salvajismo. Sus piernas estaban cubiertas de sangre que provenía de su vagina, misma que todavía tenía incrustado un tubo metálico oxidado.

Brenda gritó apenas vimos el cuerpo de Francis y corrió de inmediato hacia ella. Yo me quedé inmóvil en mi lugar con la vista clavada en el cadáver, contemplando aterrorizado las marcas de la pesadilla que vivió. Imaginé el horrible dolor que debió sentir en el transcurso de la violación y su brutalidad. El corte que tenía en la garganta solo me hizo suponer una cosa: esa pobre chica no solamente sintió la penetración forzada y la tortura, sino también cuando la vida fue arrancada de su cuerpo.

No sé en qué momento empecé a llorar. No podía moverme de la impresión y los gritos de  dolor de Brenda sonaban tan lejos de mí que sentí que estaba en una pesadilla. Dios, como desearía que hubiese sido una simple pesadilla. Esa imagen jamás se va a borrar de mi cabeza. Si te preguntabas porque ellas dos son las únicas compañeras de las que he hablado a lo largo de mis intervenciones en este cuaderno, aquí tienes tu respuesta.  

No me percaté de mi propia reacción al ver el cuerpo de Francis hasta que Hans me envolvió en sus brazos y me hizo desviar la mirada. Ya no supe qué me invadía más, si la tristeza o la ira y la impotencia. Según nos relató Brenda horas más tarde, ellos dijeron que las ayudarían a «volverse mujeres». Les quitarían lo «machorras».  

La muerte de Francis fue lo que terminó por hacerme quebrar. Una mención de su asesinato fue todo lo que los noticieros abordaron: dos lesbianas son agredidas y violadas en el parque San Sebastián. Una resultó muerta. Era una jovencita de dieciséis años, ¿es que acaso no merecía más que eso? ¡Más que una maldita única mención! A nadie le importaba de verdad, no sentían empatía ni pena por ella y su familia. No se tentaron el corazón por el dolor y el trauma de Brenda. ¡A nadie le importaba un carajo y yo no podía creerlo!

Fue entonces cuando por fin me quebré. No hablo de soltarme a llorar todos los días, sino de algo peor. Se rompió mi espíritu, mi cordura. Me atormentaron cientos de pesadillas. No había noche en la que no recordara el suceso, a veces incluso lo soñaba; veía a Francis a la distancia siendo violada, y de un momento a otro, yo me convertía en ella y el agresor en Juan. Lo sentía dentro de mí, moviéndose mientras yo suplicaba que me dejara de una vez. Y cuando sentía que estaba a punto de venirse en mi interior, conseguía despertar. Incluso llegué a mojar la cama, papá entraba corriendo a mi cuarto al oírme gritar y se quedaba conmigo el resto de la noche hasta que me quedaba dormido de nuevo.

Falté a todas mis clases y a los ensayos durante dos semanas. Para ser franco, no salí de casa desde entonces, tú sabes eso. Papá estaba muy preocupado, pero también respetaba lo que sentía y me dejó abandonar mis responsabilidades tanto como necesitara, porque entendió que para mí fue una experiencia traumática.

En ese periodo de tiempo recibía llamadas tuyas y de Hans todos los días, ambos estaban angustiado por mí y no había conversación que no iniciaran con un «¿cómo te sientes?». Yo respondía que estaba bien y volvería pronto, luego colgaba. Al ver el gran efecto que ese evento tuvo en mí, papá me propuso que fuese a ver a un especialista, hablar con un terapeuta me caería bien, pero yo estaba demasiado deprimido, asustado y lleno de impotencia como para sostener una conversación.

Incluso bajé de peso porque ya no podía comer como antes. Sentía el estómago revuelto. Papá cocinaba hamburguesas con papas para mí y yo ni siquiera las tocaba, todo me provocaba asco y repulsión.

Tampoco lograba dormir tranquilo. Francis, Brenda y yo no éramos amigos, aun así sentí que me afectó más de lo que podía soportar. Jamás pensé que algo así podría ocurrir.

Recuerdo que un día abrí los ojos con pesadez, caminé hasta el baño y me miré al espejo. Tenía ojeras y arrugas que me hacían ver envejecido, y marcas en las mejillas de haber llorado mientras dormía. Ese día pensé que sí, necesitaba hablar con alguien. Era tiempo de volver para no terminar de hundirme en esa fosa sin salida que me impulsaba a terminar haciendo algo peor con mi propia vida.

Fui a hablar con una psicóloga a quien me atreví a confesarle la verdad sobre mi orientación sexual. Le hablé de ti, de mis miedos, de las palabras de Hans sobre nosotros, acerca de Juan y desde luego, sobre la muerte de Francis. Ella me entendió y me ayudó a desahogarme. Empecé a verla varias veces a la semana, incluso ahora voy a visitarla de vez en cuando.

Era lunes cuando por fin regresé a clases en la secundaria y la escuela se música, sin embargo no canté bien en ninguno de los dos ensayos, todo lo contrario. Desafiné, perdí el tempo, no respiraba correctamente lo que hizo sonar mi voz ahogada más de una vez y me costó demasiado trabajo terminar las frases, mantener las notas, como si no hubiese practicado solfeo toda mi vida. No pude terminar la canción por la vergüenza que sentía ante la baja calidad de mi voz. Quería desaparecer.

El sonido de los aplausos de mis compañeros me tomó por sorpresa. Me giré para mirarlos, había rostros amables de apoyo dirigidos a mí, comprensivos ante mi fragilidad. Me hicieron sentir que no estaba solo, en especial cuando tú te levantaste del piano y fuiste a abrazarme delante de todos, gesto que ellos imitaron. Agradezco haber coincidido con todos ustedes.

Al terminar la clase tú y yo nos quedamos en el salón, charlamos sobre estas últimas dos semanas, lo que había ocurrido con Brenda y el funeral de Francis. Me confesaste que Brenda ya no estaba asistiendo a clases porque la habían expulsado junto a Francis pocos días antes del incidente por «comportamiento inapropiado» que rompía el reglamento escolar. Adriana y ellas incluso habían tenido una gran pelea afuera de la oficina. Fueron muchos los que escucharon.

Tú y yo sabemos que el motivo de la expulsión no fue más que una vil mentira. El conserje no las vio haciendo el amor en la azotea y el único video de ellas que existía era el de la cámara de seguridad del pasillo, donde salían besándose a las afueras del salón de clases. Fue una injusticia pero no había forma de probarlo, así como tampoco Brenda pudo demostrar que sus agresores eran estudiantes de la escuela de música. La situación fue un completo asco, pero me sentía cansado y débil como para protestar al respecto.

Suspiré pesadamente y besé tu hombro antes de recargar mi cabeza en él. Me tomaste por la cintura y me abrazaste con fuerza mientras colocabas tus labios sobre mi cabello; lo besaste poco después. Me estremecí un poco al descubrir que de forma involuntaria nos estábamos dando muestras de afecto. Tal vez y solo tal vez, la situación de Brenda y Francis nos marcó. Al levantar la cabeza despacio nuestras miradas se entrelazaron.

Tus ojos grises son preciosos, no negaré eso, y tu afilado y varonil rostro los hace resaltar de manera esplendorosa. Atrayente, tu piel ligeramente morena me invitó a acariciarla, así que rocé tu rostro con el dorso de mi mano. Se sentía rasposa, supuse que tenías algunos días que no te afeitabas y eso me gustó. Si bien en mi interior sabía que lo nuestro se estaba terminando, todavía me fascinabas.

Nunca antes habíamos estado tan cerca uno del otro, con nuestros labios a tan solo algunos centímetros de tocarse. Era la oportunidad perfecta para descubrir ese mundo increíble y dulce que existe entre dos. Pensé que sucedería, deseé que te acercaras a mí dejándote llevar, pero no ocurrió. Desviaste la cabeza antes de carraspear y humedeciste tus labios.

Al principio me decepcionó, pero luego recordé la voz de Hans. «… ¿estás seguro de que no lo dijo por otra razón? ¿Le has preguntado directamente?» Él dio en un punto muy importante y que podía tener todo que ver con el fracaso entre nosotros.

—Christian —pronuncié tu nombre con delicadeza. Mi vista estaba clavada en ti.

—Dime —respondiste sin voltear a mirarme. Pude leer miedo y culpa en tu expresión.

«Técnicamente, él es un adulto y tú un menor de edad.» Si no nos expresábamos el uno al otro lo que de verdad estaba pasando no podíamos aspirar a que las cosas salieran bien. Yo estaba dispuesto a eso, pero no sabía si tú lo estarías también. «Tal vez tiene miedo».

—¿Te gusto? —pregunté. Tartamudeaste intentando darme una respuesta, incluso palideciste, pero en cuanto empezaste a decir que no de forma insegura y nerviosa, te interrumpí—. Te asusta que sea menor de edad, ¿verdad? —solté de golpe. Enmudeciste por un breve momento antes de hablar, te mojaste los labios y me miraste a los ojos con expresión seria.

—Sí —susurraste por fin con un dejo de culpabilidad en la voz—. Me aterra que me gustes tanto. No debería decirte esto —pronunciaste—, pero es difícil esconderlo cuando estar a tu lado hace que mi cerebro se vuelva loco. —Hiciste una pausa—. Dios, esto está tan mal…

Agachaste la cabeza y te llevaste las manos al cabello rascándolo con ansiedad. Te vi arrancarte algunos mechones antes de que pudiera poner mis manos sobre las tuyas para tranquilizarte.

—¿Por qué está mal si no me has hecho nada malo? Siempre me has tratado con respeto. —Acaricié tus manos con dulzura, luego las sujeté con fuerza y las llevé hacia mí, logrando con ello que me dedicaras de nuevo tu atención, aunque no respondiste. En ese momento vi algo en tu mirada que llamó mi atención, querías decirme algo—. ¿Qué sucede, Christian?

—No quiero hacerte más daño. —Tu voz fue un frágil susurro. Esta vez fuiste tú quien sujetó mis manos, después depositaste un beso en ellas—. Lo lamento, sé que esto no tiene sentido para ti. De verdad me gustas pero esto no va a ninguna parte. Y si no puedo evitar hacerte daño, entonces encontraré una manera de que sea por última vez. Es por eso que…

Hiciste otra pausa que me pareció eterna durante la cual casi pude oír a mi corazón latiendo con violencia dentro de mi pecho, igual que en los juegos de terror justo antes de que aparezca el monstruo que va a arrancarte un brazo a mordidas. Sabes exactamente lo que dijiste a continuación, sé que lo recuerdas muy bien; y a mí, que me arrancaras un brazo, posiblemente me habría dolido menos.

—Voy a mudarme con mis padres al terminar el mes y le pondré fin a esto. Sé que va a doler para ambos, pero es mejor frenar las cosas de una vez porque si esto sigue creciendo en mi corazón, temo que terminaré haciendo algo de lo que me arrepentiré para siempre.

—Ok —dije. Arranqué mis manos de las tuyas antes de asentir con la cabeza y ponerme de pie—. Debo irme, papá llegará temprano hoy. —Salí de la habitación sin volver a mirarte.
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